2.4.16

Los hombres de humo: 4 poemas sobre los presocráticos

a ellos, si existieron

I. Tales

El libro que comienza con tu nombre
es todo:
acopio de la fuerza de los hombres,
inicio de un andar amargo,
encarnación final de aquel relato de Babel
y de su ambivalencia.

Pero eso lo es después,
y no hay que adelantarnos:
primero es sólo Tú, el uno,
la semilla y la tierra húmeda—
el deseo de aprehender las cosas
por otros nombres—
sus nombres—
suyos.

El libro es la secuela de aquella mañana
que siempre me ha eludido.
¿Que sueño habrás tenido la noche previa;
de qué agua te abrevaste?
¿Cómo decide un hombre
perderle el miedo a la selva
y caminarla y salir otro?

El libro, aunque tu voz sea piedra,
es más que nada el cuento atribulado
de tus hijos, concebidos en el acto
irremediable de empezar a ver el mundo
tal cual es.


II. Ser

El Ser como pulida esfera circundada por éter limpio;
cosa sin bordes, Ser puro,
satisfecho en su tranquilidad.
Si el Ser tuviera angustia, no Sería,
pues le faltaría algo y no podría
llenar la cuenca eterna de su trono.

El Ser no tiene brazos, no acaricia;
no puede masticar ni estar desnudo
y sin embargo sabe, sabe todo,
y todo lo gobierna sin tocar.

Un Ser amilanado y de apariencia nula,
que no quiere ya nada y nada hace
y sin embargo yace encadenado
al cepo irremediable de existir.

"El Ser final, perfecto",
decía el hombre de Élea, [1]
pero a mí más que nada me entristece.
La stasis, la presencia silenciada
y la condena eterna de seguir.

Quién sabe.
Tal vez son mis angustias de hombre impuro.


III. Lo pasado es prólogo

En alguno de los Diálogos,[2] Sócrates ya delineaba
los problemas de la memoria cuando ésta confía
en lo escrito.
Sin embargo, y a pesar de que razón tenía,
puede considerarse afortunado.

Nunca sabremos ese punto exacto
en que su carne vino a ser pretexto
para los derroteros de su alumno,
pero al menos sabemos que su nombre
fue en varios corazones terremoto;
que le dio forma al bardo de la idea [3]
tanto como al cronista de la sangre [4]
y al más bello entre bellos y traidores. [5]

No igual para esos hombres empolvados
cuya intuición abriera pista al Sabio.
A su vez fueron sabios, o intentaron;
surgieron de la nada como infantes
sin hermanos y sin padres, tropezaron
cual el ciego errante con guijarros
y fallaron, fallaron, sin saberlo fallaron
y fueron enterrados.
Pero también, a veces, atinaron.

De ellos nos queda poco.
Un nombre vago, una ciudad dudosa,
el testimonio ingrato de la doxa ajena.
De uno queda tan sólo la ironía:
el único fragmento de Leucipo. [6]


IV. Enseñando a los presocráticos

Quisiera llevarlos afuera, a un prado,
y si de noche contaríamos astros
y si de día criaturas, y sus nombres—
pero con otros ojos.

Les pediría pensar por un momento
que bajamos del sol con un arnés
o algún constructo extraño de ese tipo;
todo para apartarnos de nosotros,
de la pesada faz de la experiencia.
Nunca llevamos química en la prepa
ni nos compraron juegos Mi Alegría,
y no, bajo ninguna circunstancia
fuimos al planetario en una clase.

Quisiera que por nuestro prado
pasase un río tranquilo y de potables aguas,
y entonces,
alumbrados por no sé qué cosa,
comenzaríamos a notar lo extraño
que es no ser una roca entre millones,
tener ojos abiertos, tener boca,
sentir el aire en los vellos del brazo
y perturbarnos, y temer al fuego que,
cual remembranza cósmica,
traga y destruye con algo de tiempo.

Quizás entonces el vuelo de un grajo
nos haga contemplar el movimiento,
la mágica bondad de recorrer espacios
y marcar con líneas cual venas de dioses
una trayectoria: la verdad insólita
de nuestro estar.

Quisiera que, por un momento,
las maravillas nos maravillasen.

Pero así como el grajo vuela en la inocencia
y aquellos hombres grises se nutrieron
del humo inmemorial del arcaísmo,
nosotros somos una condición, un tiempo,
pertenecemos a lo que hemos visto:
somos nuestra vivienda, la oficina,
la ropa de poliéster, la sombrilla,
y el rostro exhausto y triste de los padres
cuando llegan a casa del trabajo
y la cena es un sandwich
y hay recibos de gas que no han pagado.

Somos una sustancia diferente,
si bien los átomos nunca han cambiado
desde que alguno de ellos los nombrara. [7]
¿Qué sacudida peculiar del cosmos
nos ha así conformado —condenado?
Somos la raza de los microondas,
del paracetamol, de la linterna;
tenemos mil milagros que, de verlos ellos,
del susto no se habrían recuperado;
Anaximandro trazó el primer mapa
y uno no vive a gusto si no hay Google.

Al final menos libres,
al final enfermos,
al final cada quien se sabe solo—
solemos leer poemas en pantallas.

No:
la Coordinación de nuestro gran Colegio
no me permite prados en el curso,
y mucho menos ríos,
si es que nos queda alguno sin secarse.
Si toda la materia tiene algo de todo
hasta en su parte más indivisible, [8]
entonces en cada uno de nosotros
hay algo de lo que hizo a aquellos hombres.
Pero al final no importa:
nuestra materia es presa de otro tiempo.

Y entonces me resigno a ver los grajos
pasar por las ventanas, y les digo:
"Leamos la Introducción de la Paideia". [9]


—Marzo-Abril 2016


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[1] Parménides.
[2] Fedro.
[3] Platón, también el alumno de versos anteriores.
[4] Jenofonte.
[5] Alcibíades.
[6] El único fragmento sobreviviente de Leucipo reza: "Ninguna cosa sucede sin razón, sino que todas las cosas suceden por una razón y por necesidad". ¿Pensaría eso de la destrucción de su propia obra? De forma similar, el único fragmento de Anaximandro sugiere que todas las cosas son destruidas por el mismo impulso cósmico que las hace nacer.
[7] La teoría atomista fue iniciada por Leucipo, según reportes, pero extendida y popularizada por Demócrito.
[8] La teoría de la mezcla universal propuesta por Anaxágoras
[9] Libro de Werner Jaeger, obra de importancia seminal en los estudios clásicos.

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