23.11.13

Un ahora: descripción de un día cálido



por Leigh Hunt

Ahora la aurora de dedos rosados (y perezosos), saliendo de su casa de azafrán, convoca a los vapores húmedos a rodearla, y anda velada por ellos todo el tiempo que puede; hasta que Febo, irguiéndose poderoso, observa la vastedad del cielo y toma completo e ininterrumpido dominio de su imperio desde su trono de rayos. Ahora el jardinero hace sus cortes más lentamente y recurre a la cerveza con más frecuencia. Ahora el carretero duerme encima de su carga de heno o da pesados pasos con los hombros jorobados, viendo adelante con ojos entrecerrados bajo el sombrero protector, y con un tirón hacia arriba en un lado de la boca. Ahora la pequeña niña observa los carruajes pasar desde la puerta de la cabaña de su abuela, con una mano sostenida sobre su frente asoleada. Ahora los trabajadores lucen bien en sus camisas blancas, descansando frente a cervecerías rurales. Ahora un olmo vendría perfecto, con un asiento bajo su sombra; y los caballos beben del canal, estirando sus cuellos ansiosos con todo y collares aflojados; y el viajero pide su vaso de cerveza clara, habiendo estado sin uno por ya más de diez minutos; y su caballo se estremece ante las pulgas, dando agudas contracciones con la piel y moviendo de aquí a allá su inefectiva cola cortada; y ahora Miss Betty Wilson, la hija del dueño, llega deslizándose en un vestido floreado y aretes, trayendo con cuatro de sus bellos dedos el vaso espumeante por el cual, ya que el viajero lo ha bebido, recibe con mirada indiferente, viendo hacia el otro lado, los merecidos dos centavos. Ahora los saltamontes "se fríen”, como dice Dryden. Ahora el ganado se para en el agua y los patos son envidiados. Ahora las botas, los zapatos y los árboles a un lado del camino están cubiertos de polvo; y los perros, que ruedan en él tras salir del agua en la que se les había mandado ir a buscar varitas, vienen esparciendo horror entre las piernas de los espectadores. Ahora un tipo que se da cuenta que le faltan tres millas de camino en unos zapatos apretados está en una situación hermosa. Ahora los cuartos en donde pega el sol se vuelven intolerables; y el aprendiz de boticario, con una amargura más allá de remedio, piensa en el estanque donde se bañaba en la escuela. Ahora los hombres con cabezas empelucadas (especialmente si es gruesa) envidian a los despelucados, y se paran colina arriba a limpiarlas, con rostros que parecen airarse contra el destino. Ahora chicos se reunen en el pozo comunitario con un cazo para repartirse, y se deleitan en salpicar furtivamente y mojarse a través de los zapatos. Ahora también hacen ventosas de cuero y se bañan todo el día en ríos y estanques y organizan grandes pescas de "ezpinozos".[1] Ahora la abeja parece estar hablando pestes del calor mientras pasa zumbando. Ahora las puertas y las paredes de ladrillo queman al tacto; y una calle amurallada, con polvo y botellas rotas, cerca de una fábrica de ladrillos, es una cosa para no pensarse. Ahora una calle verde, al contrario, cercada por setos de olmos, e inundada por el sonido de un arroyo "retumbando sobre piedrecillas" es una de las cosas más placenteras del mundo.

Ahora, en el pueblo, los chismosos se hablan más que nunca unos a otros, en cuartos, en umbrales y a través de las ventanas, siempre comenzando la conversación diciendo que el calor es abrumante. Ahora las persianas son bajadas y las puertas abiertas y las camisas de franela guardadas y la carne fría preferida a la caliente y se expresa asombro al ver cómo el té sigue igual de refrescante y la gente se deleita de trozar lechugas en tazones y los aprendices riegan agua en las entradas con latas de estaño que sueltan varios átomos de polvo. Ahora el carro del agua, marchando torpe por la mitad de la calle y creando lluvia con cada sacudida de su caja de líquido, realmente sirve para algo. Ahora las fruterías y lecherías se ven agradables, y el helado es una cosa imprescindible para los que pueden comprarlo. Ahora las damas se tardan en la bañera; y la gente se regala lores; y el vino es puesto entre hielos; y quien descansa después de cenar recrea su cabeza con aplicaciones de agua perfumada que sale de botellas de cuello largo. Ahora el ocioso que no pudo resistir montar su caballo nuevo siente que sus botas le queman. Ahora las pieles de venado no son precisamente vestiduras de Cos.[2] Ahora los jinetes, caminando en grandes abrigos para perder peso, maldicen para sus adentros. Ahora cinco personas gordas en una diligencia odian al sexto gordo que va entrando, y piensan que no tiene derecho a ser tan enorme. Ahora los oficinistas no hacen nada más que tomar agua mineral o cerveza de abeto, mientras leen el periódico. Ahora el ropavejero suelta su grito solitario con más profundidad hacia las partes de la calle más calientes y olvidadas; y los panaderos se ven furiosos; y los cocineros están ofendidos; y el vapor de una cocina de taberna nos atrapa como el aliento del Tártaro. Ahora las pieles sensibles son acosadas por mosquitos; y los niños hacen que su acompañante dormido se asuste, sosteniendo una lupa sobre su mano; y los herreros se super-carbonizan; y los zapateros en sus cubículos casi sienten el deseo de ser trasplantados; y la mantequilla es demasiado fácil de untar; y los Dragones se preguntan si a los Romanos les gustaba usar cascos; y las viejas damas, con orejeras desabrochadas, caminan por ahí en estado de decaimiento; y las doncellas de servicio temen verse vulgarmente acaloradas; y el autor, a quien le han traído un plato de fresas, encuentra que ha llegado al final de su escrito.


[1] La palabra original, “tittle-bats” es registrada por el Merriam Webster Dictionary como una pronunciación infantil de “sticklebacks” —pececillos conocidos en español como “espinosos”.
[2] Cos es una isla griega que en tiempos clásicos fue conocida por la calidad y ligereza de sus vestiduras a modo de túnica.

No hay comentarios:

Publicar un comentario