10.3.12

Noche Defragmentada

3 - Estoy sentado en la banca de piedra. La celda, estrecha y tan ventilada como una mina de carbón, yace a oscuras en el sótano. No quiero llamar a esto un calabozo. La palabra me trae ecos medievales, tortuosos. Yo, en cambio, confío en que todo pase con rapidez y determinación. Sin dolor sería mucho pedir, pero al menos espero que no me descoyunten los huesos en un potro, como hacían hace algunos años. Lo que quiero es precisión. Que no se anden con rodeos. Una pinza arrancando de mi carne la espina llamada vida. Nada más.

5 – Así que esto es el vacío, me digo. No sólo el presente, tan insignificante y tan aciago, sino todos los días anteriores. Thomas los ha echado por la borda. Nunca quise creer, aún cuando la gente comenzó a desaparecer a su conveniencia. Tal vez debí mandar a alguien a que inspeccionara su casa y el muelle, después de todo. Dormito a ratos. Inconstante.

11 – Me conducen al patio, ante las estrellas quienes poco a poco regresan a su letargo diurno. El grillete lastima, pero no es momento de quejas. ¿De qué es momento? ¿De callar, de ser solemne? Desde el principio todos abotagan tu visión con esa idea de la “muerte heroica”. Aceptar y resistir hasta el final. Pero me cala la inquietud de una pregunta. En la hora última, ¿no deberíamos mostrarnos más desnudos que nunca? No lo sé. Aún así, pensando esto, seguiré callando y resistiendo. No quisiera ser inadecuado.

4 – Los guardias me han dicho, tímidos, que el mismo Thomas ha firmado el acta. Más que sorprenderme su falta de compasión (cosa que comprendí desde que se presentó en mi casa con ocho hombres para apresarme), me extraño de la humanidad en general. Ahora cada uno tiene un nombre propio. El pueblo, la sangre, ya no significan nada.

7 – Aceptar. Sí, claro. El tiempo se encuentra acorralado; las horas se dirigen a un único punto final. Y el capellán me pide que acepte. Acepto la derrota, y mi estupidez. No acepto la muerte. Para empezar, le digo, ni siquiera la conozco. Él encuentra la conversación muy ríspida y se marcha, excusándose con no sé qué cosa. Todos se marchan cuando la situación apremia. Quizá fui rudo. Pero es su culpa, pienso. Aceptar el fin del mundo, aceptar la hecatombe de los tiempos. Que no sea ridículo.
2 – Bajamos hasta el fondo de la fortaleza que construyó mi padre. No me importa no tener ventanas. Allá afuera la oscuridad es igual y ninguna vista me alegraría de todos modos. Los hombres de Thomas son rudos, pero respetuosos. Es claro que no tienen nada personal contra mí. Sólo me conducen sin pausas hacia mi destino. Me muestran la celda y me dejan con dos centinelas. ¿Por qué mis empleados nunca fueron tan eficientes?

13 – La noche va terminando. Otras cosas también. La casa de campo en Alsacia, los juegos dominicales, las promesas de grandeza que siempre me hizo mi padre, las amistades fingidas, los abrazos verdaderos. ¿Cómo es que siempre estuve solo sin saberlo? Quisiera implorar por un padre, como Cristo en la cruz, pero no soy tan ingenuo. Después de todo, ya me ha traicionado un hermano. El verdugo, con la cara cubierta, me desea amablemente un buen viaje. El filo del hacha cruje contra mí. ¿Eso que siento es una vértebra?

1 – En el principio vivimos juntos, bajo la tutela de mis padres. Yo era el mayor. Vivíamos entre jardines verdes y salones aterciopelados, y sólo lo comprendí cuando me explicaron el porqué del sombrero de oro de papá. Yo no pedí esa corona. Eso es lo que Thomas no comprende. ¿No pudo acaso pedirla? Mis mejores hombres se han ido hacia su lado o se han ido por completo. Dicen que hay cuerpos bajo el muelle. Yo nunca lo creí. Era mi hermano, les decía. Yo lo conozco. Pero sí. Es éste, mi hermano, el que me lleva preso dentro de un carruaje barato. Trato de no pensar en ello. Trato de no pensar en el tiempo. Cuando llegamos a la prisión, la noche ya era completa. No había luna.

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