1.1.12

Tundra


Y se mueve, de nuevo, con la desconfianza de quien no conoce su destino. Primero una pluma y luego la mitad del ala, agitándose en el aire tibio como nardos en verano. Su rostro inmóvil poco a poco retoma la conciencia, el brillo en la retina. El brillo en la retina que lleva encerrado, en algún sitio, el brillo del mundo mismo.

La caverna supuraba un aire denso, apesadumbrado de oscuridad, silencio y naturaleza intacta. Tantos siglos ignorada. Estalactitas goteaban un agua negra y sin embargo pura. El suelo titilaba con pequeñísimas centellas de humedad, restos de la escarcha agonizante. Así pasaron todavía varios días, en los que la superficie fue pareciendo cada vez más viva, más suave. Él permanecía atrapado en el hielo, sin embargo. Con un ala fuera, y la mitad de la cabeza en proceso de salir. De pronto parpadeó y tuvo conciencia y sintió terror. Observó y no vio nada. Guijarros, pasto gris y pulverizado, nieve sucia. Algunos insectos incipientes viajaban por los laberintos de roca en el suelo, frágiles.

El frío se hizo cada vez más soportable. Aún no podía aletear, a pesar de que la mitad de su cuerpo estaba ya fuera. Trinaba, casi gritando. No tenía comprensión, sólo desesperación. Alguna vez había venido aquí a buscar refugio en vano, cuando el blanco polar comió los campos vorazmente, mas de eso no quedaba recuerdo. Ni en él ni en ningún otro lugar. Todo rincón de la vida anterior a la blancura terrible se había ido, diluido en el tiempo y las tormentas de ventisca helada que se sucedieron unas a otras por años, y años, y años.

Se sentía hambriento. Los diminutos puntillos hormigueantes sobre las rocas se antojaban suculentos; el simple agua de la nieve derretida que se acumulaba en charcas, deliciosa y vigorizante. Con el constante estira y afloja de sus músculos, su cuerpo dejó atrás el hielo, y pudo aletear. Estaba aún sujeto por las patas, pero no tardaría mucho tiempo. La ansiedad dentro de él sólo se comparaba con su confusión; la confusión irreparable de quien cae por un hueco imprevisto del tiempo. Tal como una grieta que se convierte en cañón, o un agujero negro. Para él no había pasado más de un día. Su organismo y su mente negaban lo que a la luz universal era verdad.

Los primeros pasos fueron inciertos, sus patas doblándose como varas atrofiadas. El suelo de la caverna ya era suave, habiendo absorbido el agua que otrora la condenara al gélido olvido. El primer bocado, el primer sorbo, fueron deliciosos; sin embargo no significaron más que un almuerzo deseado después de algunas horas ajetreadas. Era un hambre grande, más no colosal. No representativa de un periodo de miles y miles de noches. Ligeramente, saltando sobre sus uñas, devoró algunos insectos negros. Chirp, chirp, chirp. Nada había cambiado en su diminuta y oscura mirada de ave.

Desde algún sitio indefinido, invisible, se colaba el murmullo familiar de viento en la hierba. Era envolvente, y parecía venir de todas las grietas de las paredes, como una multitud de goteros llenando un lago. Por consiguiente, no había lugar a donde ir. A cada movimiento se alejaba de la fuente del ruido, al mismo tiempo que se acercaba. No podía digerirlo. Volvió a su roca original, encaramada al fondo de la gruta, como canario manso volviendo a su percha. Esperó. Al paso de las horas, al tiempo que el susurro amainaba, el aire se sintió de golpe más tibio, y se formó frente a él una delgada franja de dorado mortecino. Era una mañana, palabra que, después de la noche sempiterna que se había plantado en el mundo, ya no debiera tener significado alguno. Mas aún, lo tenía. Era, quizá, un significado más fuerte del que había tenido en cualquier otro momento. Pequeñísimos claros de algo que no terminaba de ser luz se revelaban en cada pared, tarea de la erosión en la roca superior. Perforaban la penumbra con la sutileza de agua en un tamiz de seda. La puerta principal se aclaraba más y más en su tono, y era imposible ignorar que había algo allí afuera. Había renovación flotando en el entorno, vibrando, perturbando las corrientes de aire. Con ansiedad, zigzagueó hacia el destello entre los pedruscos fríos.

Ahí estaba, detenida en sí misma, la mañana. El alba ya había sucedido unas horas atrás, ahora lo que imperaba era la calidez tranquila del día temprano. La hierba estaba alta, tupida y seca, y no lo dejaba ver. Entonces voló. Hacia el resplandor, la incandescencia de la vida reanudada.

El olvido se compone de polvo y de palabras no dichas. De lámparas tiradas en cuartos oscuros. De libros apolillados. De esqueletos sin entierro, y sus siluetas difuminadas. El olvido se compone de arredradas supernovas. De naufragios bajo las rocas. De grietas en el suelo, grietas y depresiones que llegan más hondo, más hondo, más hondo. De flechas pintadas en una sola dirección. El olvido se compone de mentiras nunca rectificadas. De cartas urgentes atiborrando un buzón abandonado. De lluvias que pisotean nuestros cementerios, sin respeto. De hielo, en definitiva, de hielo. El olvido se compone del perfume efímero de flores extintas. De nubes que se van y vienen del cielo, sin cambiar nada. De tú nombre escrito en un cuaderno en llamas. De mi nombre desaparecido, pronunciado en ningunos labios por siempre. El olvido se compone de inexistencia. El olvido no es.

Luego viene la luz.

Desde allá afuera, la caverna que había contenido tantos siglos de vida congelada se veía diminuta. Desde los aires, el mundo era vasto y azul y sin humo. Las tonalidades aún no recobraban el violento brío de la vida absoluta, sino que espejeaban con una capa plateada de escarcha y nieve derrotada. La hierba naciente yacía moteada de blanco aquí y allá, como enferma en recuperación. Los ríos se dibujaban enormes, pero corrían más bien como pequeños arroyos, bloqueados por trozos de hielo glacial que poco a poco arrancaban y arrastraban y desechaban. No había animales grandes en la pradera, y el silencio reinaba. Ratas escurridizas se asomaban de vez en cuando; y cucarachas, y hormigas. Alguna que otra culebra de color albino. Todos muy separados entre sí, tímidos e incrédulos. El sol era una joya de durazno que colgaba muy arriba y muy claro.

Mucho más allá, trazadas con cautela en el horizonte, había siluetas oscuras. Formas que no tenían sentido ni razón en un mundo como éste, pero que habían sido integradas a la naturaleza. Derrumbados, los edificios sentían el viento correrles por los pasillos. Allí también había ratas, dueñas del laberinto. En las banquetas volaban pequeños pedazos de papel o plástico deteriorados, con huecos. Sobres que iban a direcciones que ya no existen. En tinta pequeños garabatos indescifrables ahora. Cosas sin sentido, que tal vez nunca debieron ser. Un accidente temporal en la eternidad del planeta.

Él, el ave, uno de quienes despertaron, se posó sobre el fósil de un enebro un largo tiempo para admirar el silencio. Era extraño, una vibración. Lo envolvía todo, reduciendo la existencia a su mirada penetrante. De pronto tuvo otro pellizco de hambre y miró al cielo y ya era de noche. Aun así, una sombra crecía en el aire. Partió del enebro después de muchas horas, cuando divisó allí, arriba entre las estrellas, algo como él —algo que surcaba el cielo. Y juntos serían una estirpe nueva, sin ninguna de las ataduras de cemento de esa edad ridícula que ya no tiene siquiera nombre.

Juntos, todos quienes integraban la naturaleza nueva serían libres. Nosotros, borrones incorrectos en el tiempo, no seríamos nada. La pradera verde se mece bajo el viento helado, reminiscente del polo. Volverá el frío quizá, muchas veces, pero no importa. Todos somos y no somos, de un modo tan pequeño. Nuestra llama se apaga. El mundo gira. Y se mueve, de nuevo. El mundo gira. El mundo gira.


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