3.12.11

Laissez Faire


Más allá del anochecer. 

El alumbrado de la avenida era una fosforescencia anaranjada e inhumana, que sin importar su cegadora potencia sólo conseguía hacer el ambiente más pesado. Eso era allí adelante; en la gran arteria de la ciudad, donde aún pasa algún carro de vez en cuando a pesar de la hora. Ellos observan por la ventana, mientras recogen sus ropas de la alfombra. Las callejuelas traseras, los senderos grises y olvidados, son siempre una historia diferente. 

Eran ya las dos de la mañana cuando salió de la oficina. Isdrah, ¿no quieres que te lleve? No, gracias, me las arreglo. Si, se las arreglaría, eran sólo siete manzanas, después de todo. Y la ciudad no era un campo de guerra como lo son otras; rara vez se oye de un atraco que haya acabado mal. Isdrah era de esa gente que nunca lo dice en voz alta, pero cree en el destino. Si me van a atracar, no podía evitarlo de cualquier modo. Que venga y que pase y que me libre del sino de una vez por todas. Así pensaba él, confiado en que las calles de su entorno parecían mucho más escabrosas de lo que en verdad eran. Camille iría en auto hasta su casa, que estaba un poco más alejada. Aparte, no es recomendable para una mujer caminar sola de noche, en cualquier ciudad y a cualquier distancia. A pesar de la soledad del camino, a Isdrah no le preocupaba Camille. Eran ambos hijos de los suburbios, y nunca habían salido de su país de primer mundo más que para vacacionar. Hasta aquella noche, ninguno de ellos había mirado a un demonio a los ojos. Con un último beso se despidieron; y salieron del recinto donde no había nadie más. 


Como es que llegaron a este punto, ninguno recordaba. No querían poner nombre a su relación, ni al sentimiento que la causaba. Dos o tres veces por semana montaban una simulación y se quedaban solos en el despacho. Era suficiente, y era hasta cálido. Lo demás no era cosa para verse o discutirse ahora; y el ahora es lo que nutre a los amantes. 

Las primeras tres manzanas fueron tranquilas; luego viene la cuarta, que debe hacerse por un rumbo más estrecho y más fúnebre. El callejón estaba todo inundado por la tenue luz de la única ventana encendida; verde televisor. Sin embargo, no había sonido que proviniera de allí. Ni el más leve indicio de un infomercial o un programa de concursos. La ciudad y su viento sucio eran mudos, hasta que la chica gritó. No estaba en su ruta ese sonido, que claramente surgía de la izquierda, donde había una cerrada de aspecto lúgubre, adyacente a un restaurante chino abandonado. Mas dentro de él todavía estaba la confusión letárgica que deja en uno el contacto con otra piel. Los miembros casi dormidos, y el corazón en una tranquilidad estúpida, como si nada pudiese tocarlo. Caminó apresurado hacia el ruido, confiado en su burbuja inconsciente. Aparte de los pequeños gritos sofocados que a nadie más parecían alertar, se percibía el ir y venir tosco de un forcejeo, y respiraciones distantes entrecortadas. 

No sabiendo muy bien que haría con su papel de espectador, Isdrah arribó casi trotando al principio de la cerrada, tras una pililla de escombro y basura. Hombre suburbano, siempre al margen del indecoro de la suciedad de la urbe baja, se sentía atraído por un morbo ácido. En el fondo todos guardamos sed de llevar al límite la temeridad, y para alguien que ha vivido siempre en la trillada jaula de oro, la mejor oportunidad de probarse es ante un choque de autos o una escena del crimen. O el misterio de una cerrada oscura. Pero no todos pueden manejarlo; y ninguno lo hará de forma igual al anterior. Echó el vistazo al demonio. 

El rostro de la chica ya estaba ensangrentado. Isdrah, envuelto en la distracción de sus andanzas nocturnas, no se había cuidado de ser sigiloso. Ahora veía el error. El hombre era casi un gigante, con rabia destilando de la boca animal. La vieja chamarra de cuero del color del café molido combinada con la noche húmeda lo hacía parecer viscoso, repugnante. Los hombros, anchos y angulosos, se erigían con la agresividad de dos torreones. En la cintura, el inconfundible bulto de una Glock. Sin embargo, dentro de él había algo más que la rabia de un criminal — una lentitud pesada, que rayaba en la idiotez. La peligrosísima estrechez de miras de alguien que simplemente no llega a concebir el bien y el mal. Sin quererlo, Isdrah dio un paso atrás, casi tropezando con un trozo de ladrillo. Trastabilló y observó. La escena se congelaba ante sus ojos para que la retuviera. El hombre sostenía a la chica, arrodillada, por el cuello de la desgarbada blusa, mas aún así parecía listo para abalanzarse sobre el intruso. Es curioso confrontarse con algo que rasga las barreras de nuestro empaque cotidiano. Nos gusta vivir confiados en que la cosmogonía está en orden, y en que las líneas de tinta de nuestras leyes nos protegerán en verdad. Tiene que ser la mirada demoniaca de una criatura medio humana en un callejón oscuro; tiene que ser la turbia sangre aterrorizada de una chica, lo que nos recuerde nuestro lugar. Nuestra noche. Ella lo mira fijamente, sin buscar un salvador o una esperanza; sólo una distracción al dolor. Resignada, con la vida desahuciada en el rostro. Sus labios palpitaban de violento púrpura. Así, en un instante, sin conocer siquiera su nombre, lo sabe tan indefenso como ella. Peor aún, lo sabe desconocedor del peligro de cerca, lo sabe sumido en el letargo del citadino eterno. Y aún sin ella saberlo, le revela a él, con su desamparo, la facilidad con que cae el relámpago sobre nosotros. Corre, parece decirle. Tú que puedes; tú que tienes el amparo de un traje limpio y de marca, y de un apartamento propio. 

La mayor parte de nuestras vidas las pasamos navegando solos, entre bruma pesada. Sólo escuetas ocasiones se abre y descubre un momento claro. Y hay otras barcas. La mar por donde vamos no es únicamente nuestra; hay millones. Todos acarreando lastres; la mayoría mucho peores a los que imaginamos. Dentro de la soledad de los paisajes grises, no aprendemos a ver que no somos verdaderamente desgraciados. Los ojos de la chica no imploran —sólo callan. La desgracia real nunca se da en un estrépito. La tragedia no es un estruendo de fuego, aunque puede ser su comienzo. La tragedia es la lágrima que cae cuando se va la esperanza. Al observarse desde fuera, puede ser una revelación. El dolor que no puede ser acallado se gracia en hacernos ver el nuestro en otra luz. Una luz roja, perturbada, pero desde la cual puede comenzar a construirse una realidad más sensible. Isdrah nota que el hombre irá a por él en cualquier instante. La Glock brilla con un destello oscuro. En un flash, toma el trozo de ladrillo, pero se sabe sin fuerza para golpear. No hay luna, no hay astros, no hay guardianes. Nadie observa más que ellos, unos a otros. Las líneas de tinta de las bibliotecas no se mueven a favor de nadie. Ella suspira. La jungla. El demonio que reside en el momento se desata. Hay gritos en el aire, pero no se pronuncian. En un instante, la balanza se inclina. Despierta. 

Isdrah no recordaba un miedo tan profundo. Quizá cuando murió el viejo, pensaría después; pero aún entonces era más tristeza que terror por uno mismo. Su padre, después de todo, era una ventana al pasado. Las amenazas a la vida propia son una puñalada al futuro. Lo que habrá sido. De nuevo casi pierde el paso, en una grieta del pavimento. El hombre desenfunda, pero sus manos son torpes. El restaurante es caso perdido, nada más que telarañas. Del otro lado hay apartamentos, decaídos y humildes, pero habitados hasta donde se sabe. La ventanilla de la planta baja es amplia, lo suficiente para acertar sin mucha puntería. Isdrah, retrocediendo por el pavimento encharcado como cangrejo amenazado, se mueve ágilmente y lanza con más desesperación que determinación. Luego rueda, tratando de esquivar lo inevitable, se levanta y dobla la esquina, corriendo hacia el oriente. El breve espacio entre el sonido del disparo y el darse cuenta de que no hay mella en el cuerpo es probablemente una sensación similar a la caída libre desde un puente. Mirar atrás no era una opción. Detrás, la bala había rebotado contra un hidrante. Se escucharon un par de gritos sin palabras, indistinguibles, y pasos apresurados pisoteando hacia la nada. También un par de chasquidos o golpes, a saber, Isdrah jamás los había escuchado. Quizá alguien había despertado y el hombre, con la timidez del criminal que lleva demasiado tiempo en un lugar y ha sido visto demasiadas veces, desistió. Pero probablemente no, podría ser cualquier cosa. Los periódicos nunca lo reportarían, o quedaría sepultado entre las notas anónimas; pequeñas inconveniencia al vaivén económico y político del que la vida pública vive. No habría nada al día siguiente, como en un efímero remolino de viento sobre las hojas. Sólo estaría la consciencia, el miedo, y la ciudad —la ciudad perpetua que no para por nada. Un organismo demasiado grande para ser afectado por unas cuantas gotas de sangre. Así mismo, estaría Isdrah. Algo había cambiado. ¿Algo había cambiado? Por ahora así parece, pero las visiones de un mañana distinto siempre mienten más o menos. 

Ya huido, no deja de trotar. Quizá ya no tanto para escapar de quien no lo persigue, sino para refugiarse. No ha planeado aún cómo enfrentar el mañana. Con desconfianza, eso es seguro, pero, ¿en quién recaerá su peso? ¿Dónde buscará consuelo? Cada persona debería tener un hogar, rezan los cánones. Mas lo descuidamos poco a poco, pensando que lo tendremos por siempre cuando en realidad es más frágil que la espuma blanca. Es mezquino volver a la seguridad de sus rejas sólo cuando estamos asustados, seguro, pero es lo único que nos queda. Más allá del anochecer, y de todas nuestras faltas, el hogar nos acogerá. El hogar verdadero. 

El sonido de la cerradura no la despierta, porque no estaba dormida del todo. Se voltea en la cama para hacer las preguntas que de rigor debe hacer una esposa, aunque ya sabe que él jamás las contesta. Sin embargo, inmediatamente siente algo extraño, y se las calla. Los pasos de él se deslizan trémulos por la alfombra, y se lanza sobre la cama sin dejar atrás ni un zapato. La estrecha contra su pecho, y le repite Te Amo muchas veces, sin contarlas; y ella se mantiene callada. En su silencio estupefacto, no le importa nada. Quiere llorar incluso, pero la emoción es demasiado rápida para que el cuerpo la obedezca. Simplemente tiembla en sus brazos, en asombro, y cierra los ojos para sentirlo todo. Hacia tanto que no compartían un momento tan hermoso.

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