4.12.11

La Puerta


La policía del pueblo pudo comprender perfectamente la consternación de los Suarez el día que Mati no apareció en su cama. Por trabajar el padre en el ayuntamiento se les respetaba, así que se les prometió que se extenuarían los medios de la ley buscando al primogénito de la familia. El alcalde mismo dio una breve visita a la habitación vacía para comprobar los rumores que eran ya comidilla en las calles, y para consolar a su empleado, quien siempre le había sido fiel. Mati, joven espigado y rubio de diecinueve años, no era, sin embargo, la joya más brillante —o más encomiable, por lo menos— en las arcas de los Suarez. Melinda, un año menor, ya se destacaba en los bailes y banquetes, por ejemplo. Pretendientes le emergían del suelo como si fueran vid en verano. También estaba Jaime, quien a pesar de su temprana edad de doce años, entretenía pequeñas multitudes en las tertulias con su precoz dominio del piano. Matías, en cambio, pasaba sus horas vagando en los jardines con la mirada absorta en las aves, o bien en la biblioteca del pueblo, hurgando incansablemente entre las páginas más olvidadas y oscuras del acerbo.

Empero, un hijo es un hijo, y el padre todavía albergaba cierta esperanza de que tuviera escondida bajo su capa introspectiva una buena cabeza para los negocios, así que la búsqueda no se escatimó. Sus lugares más frecuentes fueron puestos de cabeza, sin hallar rastro de él y, lo que es peor, importunando de sobremanera a la pobre y anciana bibliotecaria. El alcalde mandó una patrulla de diez hombres a que se dividieran la vigilancia de las salidas del pueblo, y se comenzó la impresión de carteles con su rostro. No fue hasta el tercer día que Melinda entró a la habitación en un arrebato de nostalgia por la presencia dócil de su hermano, y encontró doblado entre los pliegues de la sábana un trozo de papel amarillento. Lo llevó ante sus padres, para que todos pudieran leerlo. Como siempre, Mati había sido exquisitamente parco. He hallado la puerta.

Con esto inició la siguiente fase de la investigación, que fue bastante simple. Vinieron unos cuantos uniformados y recogieron todo cuanto encontraron en la recamara, sacándolo al pasillo. Una vez que la estancia estuvo completamente hueca, y las pertenencias del ausente desparramadas afuera ante la mirada atónita de la servidumbre, los policías se avocaron a pisotear y bastonear por cada rincón en busca de un pasadizo secreto. Más no, en el adobe recio de las paredes no había nada que pudiera remotamente asemejar una puerta. Regresaron a la comisaría derrotados, e incluso el inspector en jefe debió admitir que no había —aparte de continuar con la patrulla— nada que pudiera hacerse. Sería inútil interrogar gente con la que hubiera podido compartir algo, pues el joven apenas y abría la boca. Normalmente era para los demás una presencia tan translúcida e inquietante como un espectro. Su desaparición era un nudo seco, de esos que ni con los dientes es fácil deshacer. Esperar era lo único; y esperaron.

Tras una tercia de semanas, los carteles que se habían pegado en las esquinas y dentro de las tabernas se llenaron de polvo y barro y comenzaron a caer. En la casa de los Suarez, aunque es odioso admitirlo, la vida había comenzado a tomar un cierto ritmo de restauración. La madre lloraba por las noches; y los demás actuaban un tanto más silenciosos que de costumbre, mas la verdad es que todo parecía levemente anestesiado. Cuando alguno de ellos salía a la calle, pasaba la mayor parte del tiempo mirando hacia atrás y comprobando sus costados en busca de la levita azul que distinguía a Mati, pero la neurosis inicial se había ido. Melinda daba una ronda diaria por los parques, donde ignoraba a todos los esperanzados caballeros que la observaban, pero nunca volvió a casa con más que un resfriado. Habían pasado ya diez días desde que alguien de la comisaría se había dignado en pararse por allí a informar de avances —por nulos que fueran—, y era obvio que la teoría del túnel secreto había sido desechada. Así pues, se decidió que lo mejor sería reordenar el dormitorio del joven en caso de que decidiera volver; no le agradaría nada entrar a su casa para ver sus libros, cuadros y artículos varios exiliados de su legitimo espacio. Se decidió que el padre cargaría los artículos pesados con ayuda de la servidumbre, y Melinda podía encargarse de acomodar los pequeños detalles en su sitio después.

Así se hizo, y pronto la recamara se rellenó con el estruendoso muro de libros que el joven pasaba sus noches estudiando. Volúmenes y volúmenes, empastados en curtida piel de colores varios. Empolvados, añejos, pero todos con marcas de uso reciente en la piel. Un catálogo inacabable de misterios; ciencias naturales, historia, cosas aún más indescifrables. El ambiente recobró el aire de misticismo que había ganado en los últimos años. El tapiz pardusco apenas era visible bajo la capa inusitada de imágenes y letras. Y en el recoveco en blanco que quedaba en el librero debía ir colgado un barroquísimo espejo oval; una rareza en alguien tan poco interesado en la vanidad. Cuando la policía tomó por asalto el lugar, éste había quedado oculto detrás de una de las cómodas, por lo que terminó siendo el último objeto en reingresar. Las manos suaves de Melinda lo levantaron, y sintieron una extraña humedad.

Fue entonces que ella cayó en la cuenta de que nunca volvería a ver a su hermano. Hay dentro del universo resquicios demasiado desconocidos, inalcanzables para muchos, y las fronteras de uno mismo siempre son inescrutables. Soltó el espejo, que cayó en el suelo estrellándose por la esquina izquierda. Corrió al salón principal a informar a sus padres quienes, incrédulos, trotaron hasta el lugar donde yacía el siniestro. Bajo la mirada de centenas y centenas de escrituras de hombres sabios y dementes estaba el espejo inmóvil. Casi en el centro del cristal, tímida, una viscosa y profunda mancha rojo sangre.

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