29.11.11

Umbral


Nana, dime a donde ir. Abre tus labios. Libérame.
Es extraña; es perturbadora la ola que viene. Todo acalla, de a poco. Rompe sobre la costa, y la espuma blanca cubre el mundo por unos segundos. Luego cede, dejando hilillos nebulosos en la vista, y ahí está todo. Aún.
Nana, ¿te ha arrastrado el mar lejos? ¿Te aferras a la orilla con tus celestes uñas afiladas? No sé porque mis brazos languidecen. Nada los presiona ni obstruye. El metal se curva más bien alrededor de mi cintura, en un anillo de color vago, similar a las violetas. No puedo, pues, alcanzarte. Tus ojos hacia mí, sin verme; eso siento. La mirada es gris, esquiva. Como cuando algo te sorprendía y quedabas absorta diez segundos antes de hablar. Mas tu boca está rota, y no susurra, y no canta.
Los recuerdos caen por las escaleras, uno a uno, fundiéndose en la oscuridad del sótano. No mucho tiempo atrás compartíamos litera, y yo te arrebaté la de arriba. Por las noches conversábamos sin reparo, y sólo tú supiste de cosas tan importantes como mi primer beso y desamor. Yo supe de otras cosas. Supe de tus andanzas descarriadas, supe que habías probado el tabaco, pero que lo habías odiado. Me relataste con todo el detalle que tu mente te dejó, los sucesos de la noche que no llegaste a dormir. Mamá y papá nunca se enteraron, a pesar de sus protestas y reproches. No te importaba mucho lo que pensaran, y en eso te distinguiste de mí. Ibas por la vida orgullosa de tu desvarío, arrumbando las opiniones que no fueran para ti útiles. Yo en cambio, gregaria, te buscaba. Sin embargo, ahí, de madrugada, entre risas se borraba la barrera y tu mundo era mi mundo, y me llenaba de ti.

Me dejaste porque debías dejarme, y siempre lo comprendí. No estabas hecha para la senda llena de barrotes, de flechas en una sola dirección, que nos habían preparado. Recuerdo todavía la revolución el día que vino la furgoneta atestada de amigos tuyos a llevarte lejos, a un reino desconocido para nuestros padres y para mí; un paraje lleno de figuras ensombrecidas que simplemente conocimos como “el apartamento”. Mamá salió ante la mirada de los vecinos, jalando la maleta que estaba en tus manos, histérica. Papá, desencajado, fumaba sin expresión bajo el marco de la puerta. Cuando te alejaste yo tenía una mano sobre la ventana, y no pronuncié palabra. Presencié la escena desde la planta alta, con la puerta cerrada, por lo que no había sonido alguno. Los gritos de mi madre, los bocinazos de la furgoneta; tu voz —nada. Estaba en silencio, y estaba sola. Finalmente lograste llegar a la furgoneta, y cerrar la puerta. Arrancó en una nube azul, y yo lloraba, pero tú estabas mejor. A pesar de que nunca dirigiste la mirada a la planta alta, me alegré por ti. La jaula me acomodaba mejor a mí. Trataba de mantener la línea recta, aún cuando mis compañeros de secundaria comenzaban a flirtear con la torpe inmadurez de sentirse grandes por medio de relatos alcohólicos exagerados. Aceptaba tu partida, era natural para un ave añorar el cielo. Yo ya tendría mi tiempo de florecer.
Eventualmente la relación se suavizó. Ellos eran tus padres, y ninguna distancia generacional borraría eso. Fue un año entero entre tu partida y mi graduación; casi los doce meses exactos. La navidad anterior el resentimiento aún amortajaba la casa, a pesar del par de postales que habías mandado. Fue así que no pude verte hasta ese día —un ángel, quizá caído, pero mío. Enfundada en un vestido guinda que no recordaba y un sombrerito con plumas blancas que yo misma te había obsequiado. Con un ramo de gerberas en la mano y la flor, más delicada, de tu sonrisa en los labios. Eras una aparición, una pintura viva moviéndose sobre el muro, algo increíble. Luego vino la cena, donde la familia entera rió como antes; o más bien como en recuerdos tan antiguos que ya no sabía si eran sueños. Y luego vino la promesa.
Correr nuestra propia aventura. La idea tentaba hasta a mí, que siempre fui eco tímido de voces ajenas. Y es que no era la aventura lo que me llamaba, sino tú. Mi recato, mis líneas rectas, ¿que tenían que ver cuando te hallabas de nuevo en la litera de abajo, por unas noches siquiera? Hablamos de bosques, de playas, de pueblos. La verdad, yo te habría aceptado lo que fuera. Era, por un momento, libre. No sabía aún si mi hora de florecer había llegado, pero si algún día vendría; vendría de tu brazo.
Nuestros padres nos despidieron cuando partimos en un pequeño auto naranja ocre que alguna amiga te había prestado. En sus rostros todavía noté recelo —como si al hallarse ahí, viendo partir un carro a la distancia, recordaran inevitablemente el día agrio de tu ida— pero el que trataran de disimularlo fue aún mejor. Tú me querías feliz, y ellos también, y estaban dispuestos a tratar. No sé si por mi causa, pero por lo menos conmigo de excusa, y ya era suficiente. Si el momento mágico del que hablo se dio, el florecer fue el instante de sus sonrisas en la avenida, y el motor arrancando.
La felicidad pura y sin adulterar siempre me fue elusiva. Es difícil conocer tal cosa cuando el desenfreno te es un extraño. Pero sé muy bien lo que estos días han sido. Pensé que eran maravillosos, pensé que eran una cascada interminable de risa y cariño recuperado. Miento un poco, la mayor parte de tiempo no pensé nada, me dejé llevar; y no me sentí sujeta con raíces al suelo, como tantos años. Pensé, fugaz, que al regreso quizá te quedarías. Que tal vez, en un tiro de dados supremo, todo se quedaría igual, encaminado a la luz. Luego la luz se derrumbó en un trueno.
Si el mundo fuese pradera, Nana, tu serías mariposa y yo rama; y sin embargo el mundo se nos vino encima a un tiempo mismo. Un cataclismo, un rayo, un huracán. Tan duro como para partir huesos, tan delicado como para sumirnos en un sueño profundo y gris. Pero las horas pasan, y el mar no te devuelve a mí. Debemos regresar, hermana, nos esperan. No me liberes para dejarme varada de nuevo en la playa. Si es así, si el rumbo del viento es tan efímero, prefiero partir.
Sangrienta, con los párpados pesados, te observo todavía. Por el leve espacio que queda entre los fierros, el atardecer se cuela. Distantes gaviotas suenan, mas regreso de la fantasía, y son sólo sirenas de paramédicos que han llegado demasiado tarde. Porque ya lo veo. Lo que hay en esos ojos grises no es la espera de una coma, sino el golpe seco de una puerta cerrada. El sepulcral silencio del telón caído. ¿Y yo que soy? En el fondo no quiero regresar a esa casa, a vivir sola, con ellos. A ser fuerte por ellos. No; la fuerte eras tú. Pero siempre te alejaste, poco a poco, de nosotros. Y ahora, ya fuera de nuestro alcance, nos has condenado al vacío. No te irás, hermana. Libérame de nuevo. Voy a seguirte.
Ya decidida, nado por las mismas olas que te llevaron a mar abierto. Nado, y ya no sé si es con ellas o contra ellas. Contigo o contra ti. No sé si mi destino era quedarme aquí; sólo percibo que es algo que ya no quiero. Florecer en un mundo sin la flor más brillante sería una farsa. Ansío que las camillas se atasquen en el pavimento, y que las heridas me coman. Esperanzador, el charco violáceo se hace más amplio, más profundo bajo mi cuerpo. Como un campo de seda inmenso y sin fronteras. Sólo me duele lo que no fue, mas ya no hay caso. No vi quien nos golpeó, tú tampoco. Así de comunes somos. ¿Especial? No veo nada especial. La marea gris dibuja sus hilos blancos, y más allá de esto no hay cosa alguna. La pena me viene de ese año perdido, y de los otros tantos que serán una eterna nada. La pena me viene del desengaño definitivo de la vida. De esta verdad que se ríe de nosotras, de los sueños. Que siempre se rió de mí, y no me dio siquiera permiso de saberlo hasta este momento; este ocaso.
¿Puede ser todo lo que conocimos tan incierto, y ser arrebatado de un parpadeo? A la deriva, abandonadas, como hojas de otoño. Sin sentido, sin dirección. Con el alma escapando por la boca en un respiro. Sin palabras. Sin te quieros. ¿Es esta mi verdadera fuerza, Nana, tan pequeña, tan aciaga? ¿Puede ser todo tan absurdo? Háblame. ¿Acaso es el fin algo tan absurdo?
Acaso
es
el
fin


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