17.11.11

Identidad


Los brazos de la hiedra esconden roca
helada como cristal viejo, arredrado
por mil vientos que se cruzan
en la vasta soledad de esta pradera.
Yacen dentro de los caóticos pastos
troncos caídos cual estatuas rotas,
ídolos olvidados de otras razas,
fiel testimonio de guerras perdidas.
Acodado entre violentos, pero tenues ruidos
de animales extraños acechando,
pienso que el viento hoy se viste de blanco,
como la escarcha o el precioso armiño.

Quizá una pizca de color vendría
como mesías a tan desolada, tan ciega
vista. Quizá si las nubes arremolinadas
formaran aves, o mundos, o rostros,
uno tendría el ánimo contento,
y no la masa gris del irredento
desconsuelo de pre-invierno. Quizá si
ese follaje dorado crujiese a un ritmo.
Tal vez los colibríes ayuden algo.
Mas no, lo sé muy bien, son otras alas
las únicas que pueden repararlo.

No sé aún muy bien como horadar el verbo
para sin torpe mella declararlo.
Y es que son tantas cosas en un
solo espacio, que se amontonan fraguas
en mi mente. Sólo acierto a decir,
y ello no es poco, que vida no es mi Vida
sin tu tiempo. Que tiempo no es mi Tiempo
sin tu encanto. Y que nada me encanta
sin tu vida.

Y es tan extraño para mí escribirlo,
yo que me conformaba con el hielo,
con el silencio tierno de la hierba y
el perfecto murmullo de los mares.
Mas el color que otrora se me había
perdido resulta estar enliado en tus
cabellos. Resultas ser mi sombra, mi
substancia, hermoso filtro para mis
defectos. Había de vivir hosco, ensimismado,
para ser quien un día tu en bien querrías.
Había de caminar la turbia senda,
para encontrarte agazapada y bella.

Habías de florecer entre mis brazos
aunque un día tu también puedas marcharte.
Habías de ser despertador y almohada,
y así envolverme entero cada noche.
He descifrado con mi idioma el vuestro,
y encontré dentro de un baúl dorado
la identidad tuya, que los años malos
te habían robado por momentos falsos.

Eres lo que se lleva mis mañanas,
lo que me embriaga de estupor inmenso;
discretamente
más de lo que parecemos.
La nota azul del cielo de Diciembre
y los botones arduos de mi Marzo.
La compañía más tersa que he tenido,
más allá de la pradera quieta. Ante todo
mi amiga y confidente, y la inquietud
alegre de mi vientre. La camelia fragante
en la comarca. Mi bella enfermedad
psicosomática.

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