19.11.11

Aquí No Estamos, Tan Pronto

por Jonathan Safran Foer
Texto Original: Here We Aren't, So Quickly

Yo no era bueno dibujando caras. Yo solo bromeaba la mayoría del tiempo. No era decisivo en los vestidores, o en cualquier otro lado. Llegué tan tarde porque estaba buscando flores. Casualmente pasaba un túnel cada vez que mi madre llamaba. No podía hacer pan tostado sin la radio. No sabía distinguir si los halagos eran sarcásticos. No estaba tan cansado como decía.
Tú no eras capaz de ignorar las imperfecciones en los muebles. Tú eras demasiado ligera para armar la bolsa de aire. No eras capaz de abrir la mayoría de los frascos. No estabas segura de cómo llevar el pelo, así que, diez minutos tarde y a la mitad de la escalera, examinabas tu reflejo en una fotografía de familia muerta. No estabas enojada, solo protegías tu dignidad.
Yo no podía correr distancias largas. Tú fuiste tan amable con mi hermana cuando yo no supe cómo serlo. Sólo trataba de quitar una mancha; hice una mayor mancha. Solo estabas haciendo una simple pregunta. Casi siempre estaba en casa, pero no siempre estaba en casa en casa. Nunca pudiste tolerar una pila de más de tres libros en mi mesa de noche, o monedas de diferente tipo en el plato de propinas, o el plástico. No tenía miedo de la soledad; sólo la odiaba. Simplemente admirabas el progreso del jardín de alguien más. Yo estaba tan harto de la comida.
Fuimos al Atacama. Fuimos a Sarajevo. Fuimos a Tobey Pond todos los años hasta que no fuimos. Nos aventuramos a través de trece pulgadas de nieve para ir a una conferencia en un planetario. Tratamos de organizar cenas. Tratamos de ser dueños de nada. Dejamos huellas de nuestras manos en un jardín de musgo en Kyoto, nos complacimos el uno al otro bajo una toalla en Jaffa. Nos atrevimos a ir con mis padres para Acción de Gracias y con los tuyos para el resto y, ¿Cómo sucedió que de pronto estábamos al lado de mi padre mientras se ahogaba en su propio cuerpo? Yací junto a él en la cama mientras él observaba mi mano ir hacia su frente, y dije “A pesar de todo—” “¿Que todo?”, preguntó; así que dije “Nada” o nada.
Yo siempre destruía mi pasaporte en el lavabo. Tú siempre fuiste terrible con las estimaciones. Nunca estuviste dispuesta a pensar que mis hábitos eran encantadores. Siempre insistí en que ya era demasiado tarde para aprender un instrumento, o cualquier cosa. Nunca fuiste de las que mencionan el dolor físico.
Yo no podía explicar los ciclos de la luna sin pluma y lápiz, o con ellos. Tú no sabías donde los e-mails estaban. No felicitaba a las mujeres hasta que explícitamente declaraban estar embarazadas. Pasabas unos cuantos arrepintiéndote en secreto de tu pereza, que no existía. Debí perdonarte por todo lo que no era tu culpa.
Tú eras terrible en las emergencias. Estuviste estupenda en “El Jardín de los Cerezos”. Yo siempre estaba no quejándome, porque la confrontación es para mí la muerte, y porque todo estaba casi siempre casi perfecto conmigo. No podías acercarte al océano de noche. Yo no sabía donde mi voz estaba entre mi teléfono y el tuyo. Nunca estabas parada junto a la ventana en las fiestas, pero siempre estabas cerca de la ventana. Me daban paranoia las palabras amables. No estaba sólo viendo las noticias en el sótano. Simplemente hacías un esfuerzo heroico para hacer que las cosas parecieran fáciles. Era terrible reconociendo los esfuerzos de los otros. No eras la mejor jardinera, pero no estabas conforme con no estar conforme. Siempre necesitaba una buena camisa de vestir, o sólo una cosa más que no tenía. Estabas demasiado lastimada por eventos del pasado lejano para que algo resultara sencillo en el presente. Siempre batallaba con ser natural con mis manos. Nunca fuiste inmune a los regalos inesperados. Mayormente, sólo estaba bromeando.
Yo no era neurótico, sólo apocalíptico. Tú siempre estabas duplicando llaves y buscando palabras. No tenía miedo del silencio; sólo lo odiaba. Y mi mano siempre estaba en mi bolsillo, alrededor de un teléfono que nunca contestaba. No eras avara o buena con las herramientas, sólo te lastimaba mi distancia. Nunca fui indiferente a los niños de otras personas, sólo me frustraba mi propio optimismo infatigable. No estuviste falta de sorpresa cuando, esa última noche en Norfolk, te conduje hasta Tobey Pond, te llevé de la mano bajo la ladera de zarzas y a través de los maderos podridos hacia las constelaciones en el agua. Compartir nuestra felicidad disminuyó tu felicidad. Yo no iba a bailar en nuestra boda, y tú no ibas a hablar. Ninguna parte de mí estaba nerviosa aquella mañana.
Cuando le gritabas a nadie, yo te canté. Cuando finalmente te quedaste dormida, la enfermera se lo llevó para bañarlo y tú, todavía dormida, extendiste los brazos.
Él no era un terrible durmiente. Reconocí ante nadie mi incapacidad para estar quieto con él, o con quien fuera. No estabas sobrecogida, sino sobrecansada. Nunca tuve miedo de rodar sobre él mientras dormía, pero desperté muchas noches seguro de que estaba en el suelo, bajo el agua. Yo amaba colapsar cosas. Tú amabas las pequeñas calcetas. No estabas deprimida, pero eras infeliz. Tu infelicidad no me hizo defensivo; sólo la odiaba. Él nunca estaba feliz si no se le sostenía. Yo amaba martillar cosas en las paredes. Tú odiabas no tener vida interna. En secreto, me preguntaba si él era sordo. Odiaba la roedora añoranza que acompaña al tenerlo todo. Estábamos aprendiendo a ver las cegueras del otro. Googleé preguntas que no podía preguntarle a nuestro doctor, o a ti.
Nos animaron a comprar seguros. Tuvimos sexo para tener orgasmos. Tú amabas redecorar. Yo iba al gimnasio para ir a algún lado, y miraba en el espejo cuando había algo que esperaba no ver. Odiabas nuestra cama. Él podía ponerse de pie, pero no bajar de nuevo. Nos culparon por la basura del vecino. No podíamos esperar para los principios y finales de vacaciones. No era capaz de mirar un plano y ver una cocina renovada, así que me quedé fuera. Vinieron a nuestra casa durante comidas, pero hablé con ellos y me di.
Contaba los segundos hacia atrás hasta que él se dormía, y luego los contaba de nuevo hasta que despertaba. Tomamos las mismas caminatas una y otra vez, y una y otra vez comimos en los mismos restaurantes fáciles. Dijeron que él se parecía a ellos. Siempre estaba viendo trailers de películas en mi computadora. Siempre estabas fregando superficies. Siempre estaba oyendo la risa de mi padre y nunca recordando su rostro. Rompiste el corazón de todos hasta que de pronto no pudiste. De pronto él dibujó, de pronto habló, de pronto escribió, de pronto razonó. Una noche no pude ayudarle con sus matemáticas. Se casó.
Fuimos a Londres a ver una obra. Tratamos de apartar tiempo para no hacer más que leer, pero no hicimos más que dormir. Siempre estábamos no mencionándolo, porque no sabíamos qué era. No hice más que buscarte por veintisiete años. Ni siquiera sabía cómo funcionaba la electricidad. Tratamos de pasar más tiempo no juntos. No estaba defensivo acerca de mi aburrimiento, pero mi felicidad no tenía nada que ver con la felicidad. Amaba cuando la gente que trabajaba para mí me apreciaba genuinamente. Siempre estábamos moviendo muebles y nunca haciendo contacto visual. Odiaba mi incapacidad de visitar una ciudad extranjera sin fantasear sobre bienes raíces. Y luego tu padre estaba muerto. A menudo no leía el libro que sostenía. Nunca no estabas en el jardín de alguien. Nuestras madres morían por hablar sobre nada.
En un momento dado te convenciste de que siempre leías el periódico de ayer. En un momento dado dejé de agonizar por ser entendido, y confié demasiado en el GPS de mi auto. Tú no podías tolerar cantidades ínfimas de jalea en el fresco de mantequilla de maní. Yo no podía tolerar la risa inútilmente estruendosa. En un momento dado pude echar miradas fijas sin pretexto ni disculpa. ¿No es graciosos que si Dios se revelara y se explicara a sí mismo, la mayoría de la gente estaría decepcionada? En un momento dado dejaste de usar bloqueador solar.
¿Cómo puedo explicar la forma en que la aniquilación nuclear no me hacía cosquillas, pero temía terriblemente una pequeña caída? Tú no podías tolerar a la gente que no podía tolerar bebés en los aviones. Yo no podía tolerar a la gente que insistía en que una taza de café después del almuerzo los mantendría despiertos toda la mañana. En un momento dado pude escuchar mis rodillas y perdí esa necesidad de corregir la gramática de los demás. ¿Cómo puedo explicar por qué las ciudades extranjeras vinieron a significar tanto para mí? En un momento dado dejaste de agonizar sobre tu ambición, pero en un momento dado dejaste de intentar. No podía tolerar magos que hacían cosas que alguien con poderes mágicos reales nunca haría.
A todos nos iba bien. Yo seguía enamorado de las Olimpiadas. Mientras más pequeño el asunto, más permitía que tu aprobación significara para mí. Seguían produciendo cosas nuevas que no necesitábamos que necesitábamos. Necesitaba tu aprobación más que nada. Mi hermana murió en un restaurante. Mi madre prometió a quien fuera que la escuchara que estaba bien. Cambiaron nuestros filtros. Tú querías ver la aurora boreal. Yo quería aprender una lengua muerta. Estabas en el jardín, no plantando, sino allí parada. Tiraste dos puños de tierra.


Y aquí no estamos, tan pronto. Yo no tengo veintiséis y tú no tienes treinta. No tengo cuarentaicinco u ochenta y tres, y nadie me lleva sobre sus hombros mientras vadea por algún mar. No estoy aprendiendo ajedrez, y tu no pierdes tu virginidad. No estás apilando piedras en lápidas; no estoy siendo robado de los brazos durmientes de mi madre. ¿Por qué no perdiste tu virginidad conmigo? ¿Por qué no cruzamos la intersección una fracción de segundo antes, y morimos en vez de morir de risa? Todo lo demás sucedió — ¿por qué no lo que pudo hacerlo?
Ya no soy irrealista. Ya no eres no emocional. Ya no me interesan las noticias, pero nunca me interesaron las noticias. Aún peor, probablemente soy ambidiestro. Probablemente debería haber sido sencillo. Te ves como tú misma ahora. Fui tan lento para cambiar, pero cambié. Probablemente era un jugador natural de tenis, justo como mi padre solía decir una y otra y otra vez.
Cambié y cambié, y con más tiempo cambiaré más. No estoy decepcionado, sólo callado. No descerebrado, sólo arriesgado. No intencionadamente obnubilado, sólo tratando de decirlo como no fue. Mientras más recuerdo, más distante me siento. Alcanzamos la mitad tan pronto. Después de todo es como nada. Siempre he nunca estado aquí. Que desgracia que no fue fácil. ¿Un desperdicio de qué? Una broma. Pero ven. Sin explicar ni remediar. Quédate conmigo en algún sitio: en los partidos banquillos de este bar, en la orilla de este precipicio, en los asientos de este auto prestado, en la proa de este barco, en los todo-misericordiosos cojines de este raído sofá en esta desvencijada cobacha de una planta con hedor a cobre por cuyas ventanas alguna vez asomamos por horas antes de finalmente regresar a la razón: “¿Y qué demonios haríamos con tal casa?”

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