18.11.11

248 (Tragedias Adyacentes, un Canto)


En los pasados dos días, dos personas muy importantes han perdido parte de ellas.  Pequeños seres inocentes a quienes cuidaron con tanto esmero, y que no tenían porqué ser hechos responsables de nada. Por razones de cercanía y por mi propia vocación protectora, ambas se apoyaron en mí; una más que la otra. Siento que hice lo mejor que pude por ambas. Sé que hice lo mejor que pude, solo me pesa que no sea suficiente. Pero es cierto, sin importar cuánto quiera uno luchar contra la verdad y vivir en un mundo idealizado, a veces el desconsuelo es demasiado grande para que una persona externa, por cariñoso que sea su toque, lo levante.
Si, la losa no ha sido levantada, y no me será posible. El dolor debe diluirse como cal blanca en el aire, o una libación en la tierra. Debe ser un proceso lento, razonado, lleno de pequeñas piedras. Y sobre todo debe ser privado. Yo no tengo derecho de adueñarme de su dolor y hacerlo mío; sería un hurto tan detestable como cualquier otro. Trataré, en el futuro, de ser una roca en la que quien sea pueda encontrar un bastión de apoyo; un oído atento. Pero ahora veo muy bien que levantar el dolor ajeno no es tan fácil como parece. Some patients can’t be saved, but that burden’s not on you.
Quizá este texto resulte un poco torpe comparado con mis demás —ya en sí pedestres— intentos de construir un testimonial fragmentado de mi vida; mas está bien. En cierto sentido, este es el texto más personal y más honestamente duro que he escrito para este espacio. Y de nada sirve un testimonial fragmentado de la vida de nadie si todo está siempre escondido bajo el valor literario de las palabras, y nunca está crudo, directo del pensamiento; con todo el dolor, ansia e imperfección que eso conlleva. No importa. Seamos honestos. Seamos quienes nuestras consciencias nos obligan a ser. Por un momento, las máscaras no importan, tan solo por un instante.
¿Por qué esos pequeños seres nos llenan tan en demasía? Ya desde el momento en que posan sus ojos en los nuestros, sin pedir nada, sin ofrecer nada más que a sí mismos. Sin promesas ni castigos. Amor puro, condensado. Si ellos no pueden terminar sus vidas de la manera deseable, ¿quiénes pueden? ¿Hay verdaderamente un punto en todo esto? Hoy simplemente no parece haberlo, hoy simplemente se dibuja como una daga clavada en el costado. Quizá mañana cuando la niebla se disipe dentro de un tono más claro, o tal vez más allá de esto, en un mundo más agradecido y más tenue.
No nos engañemos, a pesar de toda nuestra civilización y pompa, los refugios de cemento en que vivimos siguen siendo feroces. Las leyes naturales siguen aplicando a todos nosotros y a quienes nos rodean, de formas igual o más despiadadas que si continuásemos viviendo entre arbustos y cuevas. Y el mundo sigue empeñado en olvidar lo que nosotros tanto recordar queremos; enterrándolo después de unos minutos bajo la montaña de actualizaciones en Facebook, y bajo el oscurantismo de la mente de quien no conoció al caído.
Me niego a pensar, romántico aún, que todos seremos un día simplemente una pequeña y graciosa nota al pie de la existencia. Quiero creer que los cielos se abren, que nuestras almas importan. Quiero creer en quienes amo, y en su importancia para el orden cósmico. Quiero creer en mí, y en ustedes, y en ellos, y en lo que cada uno de los seres ridículos e inquietos que habitan el planeta lleva dentro. Quiero proteger a quien duele, y cubrir a la muerte injusta con reproches hasta que huya espantada, dejando nuestro pueblo muy atrás. Quiero hacer tantas cosas. Espero tener tiempo de vivir una historia que valga la pena, y que alguien se digne en recordar. Es claro que el universo, en sus eones y eones de sabiduría salvaje, no lo hará. Tenemos que cuidarnos entre nosotros.
Las almas que han revoloteado arriba en estos días no hicieron jamás nada digno de recriminación. Alguna rabieta, o alguna mordida. Jamás incurrieron en ninguno de los pecados de nuestras religiones. Jamás fueron arrogantes. Jamás juraron en vano. Nunca abandonaron ni se rindieron. ¿Encontraremos más consuelo en el azar o en el destino? O tal vez, simplemente, no existe; y debemos lidiar por separado, discretos, con los absurdos duelos que nos tocan. Si somos tan pequeños, ¿por qué las tareas son tan dantescas?
Los recordaremos, siempre; no sé muy bien de qué forma ni valiéndonos de que medios, pero pelearemos por retener un momento de su nobleza en nosotros. Y aunque el entorno se ciegue e insista en hacernos creer que no tenemos importancia alguna, los retendremos. I’m smaller than the smallest fireball. Si, tal vez, pero también tengo más vida, y más sentimiento. Podré, y todos podremos al paso del tiempo, recobrar un poco de lo que nos pertenece usando el recuerdo y la emoción y el alma. Debemos quizá aceptar que la vida es absurda y febril, un mal sueño. Después abrir los ojos y vivir con ello. No hay actitud correcta, sólo existe la certeza de haber hecho lo mejor que uno puede por cada una de las almas que se atraviesan en nuestro camino. Cosa que ustedes, dulces retazos de cielo, supieron hacer tan bien. Nunca olvidaremos sus ojos, y el reflejo tan hermoso de nosotros que proyectaban. Un reflejo del amor verdadero.
Esta va por ustedes.



Choco
Watanabe
Eros
2011

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