24.10.11

431 (Rosario)



La línea roja del subterráneo termina en un barrio eternamente en construcción, varado. La estación es un coloso que marca los cuatro puntos cardinales. Al apearse del tren se encontrará la salida a la izquierda, aunque ahora han construido una alternativa del lado opuesto. No está concluida. Recorriendo el largo puente de salida cubierto de adoquín se observa debajo, en donde solía estar el confiable paradero de camiones, un vacío de roca derruida y picada con hordas de bulldozers sin conductor. Al fondo, directamente detrás, hay un aparcamiento para carros abandonados y una enorme y prestigiosísima futura escuela de artes y humanidades, cuya obra nunca ha pasado ni pasará de la colocación de varillas de metal. Y así, se alzan desde ya casi una década como inanes brazos de álamo seco. Al final del pasillo hay una escalera que da, finalmente, a la calle. Una vez allí, para dirigirse al oeste hay que caminar por lo que otrora fuera un lote baldío en el que se refugiaban campesinos rebeldes con tendencias criminales. Se ha convertido en una linda unidad habitacional en donde residen respetables miembros de un movimiento social campesino. La instalación eléctrica está inacabada, por lo que siguen en rebeldía. La última esperanza se plasma en la siguiente cuadra, donde hace cien años hubiera una hacienda de ganado en donde se filmaron algunas de las películas más importantes de la historia del país. No hay ninguna placa conmemorativa; solo las historias de mi abuela. Ahora se alzan ya relucientes columnas de hierro y la cubierta de lámina metálica que distingue a una de esas plazas comerciales de tamaño fabuloso e identidad inexistente. Nos han prometido un club de venta al mayoreo, y un cine grande y colorido en donde nunca se proyectará alguna de las películas allí filmadas. Algunos están muy, muy emocionados. Los otros son viejos.
Hice la caminata el martes, habiendo llegado más tarde de lo habitual y sin dinero para un taxi. Al ser destrozado el antiguo sitio de camiones, estos se vieron obligados a moverse. Ahora se ubican, en su mayoría, en los escasos tres carriles que separan la escalera de salida de la reja del paradero. Al bajar y recorrer la estrecha banqueta que bordea la unidad habitacional, uno llega a sentirse temerario ante los cientos de buses que transitan en dirección contraria. Sus faros alargados pasan a veces rozando mi abrigo; su inercia abanica mis cabellos en todo rumbo. El campo visual también es destruido. Sus luces halógenas crean una bruma dorada de donde la escasa gente que camina contra mí emerge liviana y oscura, como si allí fuesen creados de la nada y muriesen unos segundos después, cuando cruzamos caminos y se van con pasos mudos a mis espaldas por siempre. Cuando se dobla la esquina, la niebla cegadora disminuye dejando al descubierto las limitaciones del alumbrado público. La penumbra es casi total en esta zona, que por fortuna es corta. La mayor fuente de brillo es el suelo mismo, donde la arena suelta de las construcciones varias contiene vidrios engañosos. Aquí mismo la gente se hace más numerosa; estudiantes del bachillerato que se alza más al oeste y que sorprendentemente está completo. Cada año lo remodelan, sólo para estar acorde al entorno. Su éxodo hacia la estación es lento y ruidoso, y obstaculizan a quien solo busca llegar del punto A al B. Sus cliques se extienden por toda la acera e incluso debajo, y actúan como si tuvieran prioridad de paso. No siempre resulta, ya varios han sido atropellados de gravedad, pero un adolescente siempre adolecerá de la adecuada vara para medir el riesgo.
Por lo pronto trato de evitarlos incluso en la mirada hasta concluir el tramo. Allí donde se yergue el enorme complejo comercial en ciernes termina el lado este, el barrio gris en infatigable lucha contra sí mismo. La división la marca la avenida S, que se conforma por cuatro arroyos vehiculares espectacularmente anchos, y de peligrosidad progresiva; inconfundible signo de progreso. Se cuenta con un solo puente peatonal que la gente evita en su mayoría por contarse leyendas de criminales ocultos allá arriba. Obviamente prefieren arriesgar la vida de otro modo, jugando carrerillas contra el tráfico. Yo siempre me decanto por el puente, sin embargo. Aparte de que llevo años sin encontrar criminal alguno allí (a pesar de que si está enclavado entre árboles y sombras), siempre me repito que vale la pena la vista. No hay robo que te quite la vista. Y es que es extrañamente hermosa; del mismo modo que el observar un remolino de aire arrastrar hojas secas por el pavimento es hipnotizante. A la mitad del puente se observan claramente cuatro caras. Hacia el sur, la izquierda contiene colonias sin nombre, con casas de dos plantas en idéntico deterioro y también todo lo dicho hasta ahora; la unidad habitacional, la mole metálica de la plaza comercial y al fondo la estación empotrada sobre el campo de roca aplanada por los bulldozers. A la derecha, si uno logra sobrevivir cruzando la avenida, se halla el bachillerato. Las rejas han cambiado de color como ave indecisa explorando las facetas del espectro. Amarillo, azul, naranja; todo para terminar en el actual tono plateado, como si el paisaje no tuviera suficiente gris.
Luego está el norte. Y es un desierto. El horizonte se fuga corriendo por esos cuatro arroyos. Al final, un paso a desnivel que es sólo una pila de escombros. Ya nadie sabe si algún día será inaugurado. Yace inerme, bloqueando el paso de dos carriles, como un espléndido punto final al vecindario de cemento roto y hierro oxidado. Han pasado seis años, tres delegados y dos alcaldes; no hay cambios.
Una vez cruzado el puente, lo que se abre es el oeste. Una nueva unidad habitacional —esta mucho más vieja– desvencija el paisaje con sus rejas negras cubiertas de hiedra seca y sus ventanas minúsculas y opacas. Está dividida por letras y, aunque nunca he entrado, no sería descabellado decir que abarca casi todo el alfabeto, aun con las subdivisiones (C1, C2, C3...). La calle forma un recodo, que no interrumpe la hilera de edificios agrietados. Casi la mitad del barrio debe vivir allí, apretujados juntos como alfileres en costurero. A la hora de mi caminar, los vigilantes aún no han sucumbido al sueño, y sus ojos relucen con el brillo de la sospecha debajo de las viseras de sus gorras. Sus miradas, extrañas, incriminatorias, me persiguen hasta que arribo al último resquicio de la reja negra, en donde las hojas de hiedra y pino me encubren, ennegrecidas por la noche ya total.
Sigo, cruzando una calle tan solitaria como amplia, y me encuentro con la boca abisal, cuyas gargantas graznan con el inquietante trino de aves todavía insomnes. Me planto. Apenas una aguja clavada en el bosque. Y es que todo lo anterior cabe en esto; una extensión arbolada hasta donde llega la vista, una tierra de nadie, y también un todo.
La reja alta y resbaladiza,
la oscuridad insondable,
los pasillos entre los árboles,
desiertos.
Y aún así me pierdo.
Las ramas de enebro estoicas,
el susurro del lago helado,
el devaneo de la hierba seca,
crujiendo.
Así como espacios en blanco son los silencios. Así borran el gusto a cemento que quedaba en mi lengua. Así se cuelan, intrusos, en mis pulmones —tierra, agua, hierba. Simplemente observo por los barrotes de la verja. Y se lo llevan todo, lavándolo de mí con su aire frío, y dejándolo inerme sobre la costa. Lo cubren, como el telón de aquél cine aun no hecho. Como el concreto desfigurado sobre la plancha del paradero. Como las despampanantes luces amarillas de los buses sobre la carpa estrellada de la noche, en la cual me hundo de nuevo, dejando atrás el paraje. Lo que vi después ya no tiene caso. Y es que tras la arboleda nocturna que lo traga todo no hay defensa ni impresión que valga. Te deja mudo, ensimismado en tu tamaño. Que es tan pequeño. Y el de lo demás entero; que es lo mismo. Antes y después, atrás y adelante, y en cualquier punto de mi mapa sólo se esconde lo vano; el espectáculo grotesco de nuestras vidas. De la mía.
Nuestras vidas asustadas,
escurridizas.
En polvo turbias,
ridículas.
Bajo el abrigo de la luna
ocultas.

18-24/10/11

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