25.9.11

Luz en Soledad

A lo que el viento nos trae, y a quienes no olvidan. 20-25/09/11


¿Quién verá, faro distante,
la estela bajo mi manto?

¿A quién hablo?
Corazón…

Dime despiadadamente
si la niebla me esparce y difumina.
Si la lluvia
arrastra mis trazas
cual, en el viento, ceniza.
En que cementerio yazco,
ya sea vil, ya sea dorado.
Dime que buitres
rondan, rodean y turban
mi mausoleo.
Que tan grandes,
que tan fuertes,
son sus garras.

Guíame en la ruta aciaga
en la que el sol ya no canta,
de la que el panteón se olvida,
provéeme luz de tu palma.

Siento que cual río, devengo,
caigo por hondas gargantas
temblando, vacío, sin gracia,
sin rastro bajo mi planta.

Luz en soledad, di cuando,
oh cuando incendiarás mi sueño.
Sé brusca, parte mis cristales,
rompe mi muerte, el silencio,
esta tumba de cruel viento
que me entierra a cada año,
a cada segundo un tanto,
hasta que en no tanto tiempo
(o es que ya no sé contarlo)
deje de ser un invierno,
y se convierta
en lo eterno.

II 

Son tres pasos, una danza
repitiendo hasta el hartazgo.
La muerte profunda
e inconcebible, prisionera
de la nada (tiempo
antes del tiempo mismo),
la centella de pasiones
que en tierra llamamos vida,
y el camino de retorno,
oscuridad preterida.

Buscado he sortear la afrenta
por caminos más parejos,
sin caer en los reflejos;
ver muy bien qué es lo que cuenta.

Emprendí la marcha solo
sin saber que turbias aguas
habrían de mojar mis manos,
sin dilucidar miserias,
sin imaginar cuan serias
venían tórridas tormentas.
Me hallo desilusionado.
Sin tocar el cielo nunca,
muy por el contrario,
trunca
siento fallecer la marcha.

Páginas descoloridas, ocultas
en el polvo incólume y acumulado
de mis habitaciones sacras.
Lecho de muerte, olvidado,
un tempano de hielo intacto.
Sin nadie que apure las penas.
Sin nadie que colecte sendas.
Sin nadie que sea salvador
de mis pensamientos enlagunados
por el tiempo crudo.
Sin nadie que sea.
Sin nadie que vea.
Sin nadie que crea.

III 

La palabra perdida
en el libro infinito.
La maraña abatida
sin casa ni mito.
La virtud pasajera
enterrada en el bosque.
Soledad advertida,
por siglos maldito.

Altitud lisonjera,
imposible alcanzarte.
Y yo que cuan quisiera
vencer y estrujarte.
Devorar de tu carne
que es hecha de sueño.
Agarrarme a tu vera
y ya nunca soltarte.

¿Qué puedo hacer?
Yazco inerme, mientras la niebla
me difumina y me esparce.
Un atardecer distante.
Como galaxias y estrellas
en cada noche excesiva;
excesivamente larga y excesivamente cierta,
como mi mortaja helada
en que el alma no despierta.

En la tumba derruida
por el ruido de otros pasos,
por cantares de otros años,
susurran, vanos, mis labios.

Labios muertos como huesos.
Palabras que nadie oye.
Una estancia sin ventanas
a que todo amor rehúye.

Luz en soledad, di cuando,
oh cuando inundaras de ensueño
este cuarto apenumbrado,
donde se borra mi empeño
y da lugar al ahogo
sin respiro del océano.
Puesto que entre cristales yo veo
como la tierra me olvida
sin que se irrumpa mi muerte
ni se recuerde mi vida,
me quedaré desgraciado,
ya en el féretro de viento
sintiendo calar el tiempo,
un tiempo que es demasiado,
hasta que en no tanto tiempo
(tal vez ya sea otro milenio)
mis despojos ya no sean,
ya no vean,
ya no crean,
en dorados cementerios
ni salvadores, ni aliento.

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